Lo grande de las espirales es que conducen a lugares insospechados. Los cristales cubren todas las miradas, aunque todos nazcamos con la misma capacidad objetiva de ver. Pero son las visiones de los demás los que pueden devolver oxígeno a instantes de pérdida. Sin que por ello seamos mosaico porque los demás nos miren, si no porque, una parte de éste son vidrios coloreados que nos regalan personas que se cruzan en nuestro eólico paseo hacia el fin de la caverna.
Una conversación (sin café, sin banda sonora) apaga en un frío cubo el fuego que roía fragilizando el armazón metálico. Noche de fiesta viendo una película. La responsabilidad del trabajo bien hecho, y de que tus sueños pueden seguir guiando tu destino, que siempre dependió de ti. Una experiencia bohemia. Al fin. Cuánto añorabas reír bajo la lluvia, y ya ni te acordabas... Hija del otoño, cruzas la ciudad cabeceando, y al bajar del bus un momento-Amélie anula el insomnio. Te haces la fuerte, y vuelve a la polvorienta matriz de los olivos. Donde las raíces, en silencio, se retuercen. Donde sigue lloviendo. Como nunca. Y en el café del fin de semana, repasas en voz alta. Las lecciones, los cabos sueltos. Y volviendo, coleccionas todas las sonrisas del fin de semana. (sólo gracias, sin saber cuál es la mejor manera...) Y de pronto, noticias de otras fronteras que, como el agua lechosa sobre el barro, aclaran de pronto tu estructura imaginaria, ante los relámpagos.
Lunes. Efeméride. Demasiado hielo para tan poco alcohol. Aún arde. Voy a hacer autostop en el pentagrama, sangrar tinta y dormir en el horizonte.
There's no point in hanging on
Watching the sun go down
Spinning round and round
Madrid, cursos de pan casero en mayo de 2026
Fa 3 mesos


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