Nilufer tiene un aura. Tiene en los ojos una tranquilidad profunda, elegante, braseada, como una filigrana de henna milenaria. Ha devorado todas las salas del museo de arte contemporáneo, mientras los demás buscábamos un sentido a la exposición hipnótica sobre el sueño. Piluca , que conoce ya todos los rincones de la ciudad, y la historia de la región, pero como yo, no le encuentra el encanto a la muestra. Nuestro anfitrión vigila que sus ovejas no se desparramen. La larga Gözde va arriba y abajo, pero siempre perdemos a la serena Nilufer.
A última hora, accedemos a ir a la cena en casa de Sabrina, una alemana que seguro llegará a jefa de comunicación de alguna gran empresa. Piluca y yo nos hacemos la raya en los ojos, sin intentar imitar el khol de las elegantes turcas. Nuestros sacos se amontonan en una buhardilla de ensueño, en medio del desorden de un piso de dos veinteañeros solteros y acogedores, el cuarto de lujo de dos voisins très gentils, que duermen en el sofá mientras nos quedamos en su cama. La hospitalidad de los franceses me conmueve: se tomarán a mal que nos vayamos a un hostel para no molestar...
En el piso de Sabrina somos más de veinte, incluídos los padres de Katrina. La madre, con su rebeca violeta y sus perlas está sentada de rodillas al lado de la collocatrice de su hija, una frenchie de padre turco y madre española, que combina tres trabajos para llegar a fin de mes y sólo quiere vino para descansar su mente y un viaje a España para 'hacer fiesta'. Me sorprende el vital entusiasmo de Park, surcoreano, por mi país. Y Mathias, que me había parecido tan germánico y frío, nos pierde el miedo a las dos payasas y nos cuenta que no quiere volver. Su novia Ghizam, es un motivo de peso. Turcos y alemanes, y franceses y españolas y catalanas, y asiáticos... un buffet increíble y buen gusto para ser un piso erasmus. El abrazo de Nilufer me hace llorar, y agarrarla con fuerza y nostalgia. Nostalgia por no haberla conocido antes, más a fondo. Sólo tengo 72 horas...
Cuando nos desviamos del guión de l'auberge español es hora de volver a casa. El único héroe mítico es Flo. Fue nuestro anfitrión hace dos años, y sigue adelante con su misión desde Toulouse, hasta Bordeaux. Aún no se acostumbra a las despedidas. De todas formas, tiene una cita en Turquía en verano. Y unas cuantas embajadoras europeas.
A mí me tortura el paso del tiempo. Pero ese domingo de vino y huevos de pascua comprendo que hay una multiculturalidad posible en este parcial desarraigo, en este constratar tópicos nacionales. Y mes chers me enseñan que no se nos ha pasado en tren: podemos empezar de nuevo, construyendo puentes en el tiempo y los mapas.