El sol de invierno siempre me hace sonreír. Y sumergirme en una infantil ensoñación de traslado a otro tiempo desconocido, a cualquier ciudad norteña.
Pero esta mañana, las luces de diciembre me llevaban directamente a una estación familiar. Una cierta nostalgia que me mueve a recuperar cosas que he perdido, cosas que lucharé por volver a disfrutar. Hoy, Nochebuena del 2007, doy oficialmente por terminado un año negro, que ha desteñido todas las numerosas cosas buenas por una telaraña de ansiedad y angustia. No, mis padres no podían imaginar que me estaban educando para vivir en un mundo así, un mundo que sangra y apalea, y del que lo único bueno, ahora lo sé, son las personas, y las historias que contienen. Son ellas las que mueven a la justicia, por las que vale la pena el arte (el elitista es solo la destilación injusta de la perpetuación de las desigualdades), y por las que vale la pena despertarse, observarlas, y tener ganas de vivir la propia vida.
Con esta nitidez blanquecina, me propongo recuperar lo perdido, sin excusas. Algunas cosas menos importantes, como la elocuencia, y otras más, como la serenidad o el control del tiempo sin desazón, todo ello me pertenece desde el momento que lo busco y lucho por ello.
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