
Odio llegar tarde. Me suele gustar la lluvia, pero me fastidia dejar de ir en moto, ahora que ya llevaba dos días acostumbrándome. Pero hoy no me molesta demasiado estas tonterías propias que empiezan a asustarme como si fueran avisos de una hipocondría monomaniática woodyalleniana.
El interminable trayecto del 7 me permite seguir balanceándome en el bloque de letras que clausuró mi día anterior, como si la noche y sus pesadillas hubieran sido apenas un punto y aparte en ese bloque compacto que es la primera parte de Nocilla Lab. Un bloque compacto que me ha atrapado en su hilo de pensamientos, como si estuviera teniendo acceso a la mente del autor, en su balanceo de recuerdos tan terriblemente familiares.
A veces, algun libro me resulta terriblemente adictivo. Con esta saga me ha pasado. Pero mucho más con este último. Ese espíritu de road movie, con los paisajes que algun día, sin duda, recorreré. Otras preguntas, otros proyectos. Lo importante es el trayecto. Sólo en trayecto sentimos el momento, sólo así podemos narrarlo, sintiendo el tiempo deslizarse por nuestra percepción.