Justo cuando matan a la única que sabe por qué murió Christine, subo la vista y veo por el retrovisor que es el conductor del 71, quien chapurrea el himno de la alegría con una harmónica. La torpe tonada, interrumpida por cada verde en el semáforo, me llena de alegría y de una cierta euforia que me quita el mareo causado por el hambre.
Es primavera nomás, pese a que estoy cansada y a ratos triste, pese a ser quizá a la generación triste, o estresada, o sin edad. Tan pronto me ponen treinta como diecinueve. Es primavera y me olvido de las facturas con un bicing en pendiente, una petición de paseo, un ronroneo de mi gata. Y como mínimo, me despierto con ganas. Las ganas que desde hace cuatro meses, desde el corazón del invierno, me hacen que el día cambie de color, y las estrías se borren, y el pasado sea una cosa extraña, y el presente merezca zurcirse a sonrisas.
Tengo nuevos proyectos: un recital en un centro cívico de un barrio obrero, de mi barrio. Orgulloso y outsider, tan rebelde, tan libre, y en realidad a veces tengo la sensación de que repito la historia de mis padres.
Tengo muchas historias en el bolso, muchas ganas de verano, y de coger tu mano y perdernos en un tren. Muchas ganas de seguir estudiando pese a que la universidad cada día me parece más alienante y absurda. Muchas ganas de meterme en todo, pese a que sé, por lo que la experiencia me dice, que no sé pertenecer a nada, excepto quizá, a quienes me fueron fieles. El amor sólo puede ser recíproco: solemos amar de verdad a quienes nos aman. A quienes no nos amaron, los convertimos en ídolos, en fantasmas, en rencores y en obsesiones. Pero sólo una cosa nos acompaña cuando subimos a la cuerda floja, cuando las preguntas nos tambalean y comienza a llovisnear, y es esa mezcla extraña y reactiva de amor y soledad.
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Fa 3 mesos


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