Mientras paso en bici junto a las obras del Parc Central de Poblenou, intento espiar tras los muros que apariencia tendrá el nuevo espacio. Con tristeza advierto que los asientos, acorde a la ordenanza de civismo -supongo- son como sillas de oficina que estan unas frente a las otras, donde ya no podrá besarse ninguna pareja, ningún abuelo podrá abrazar a su pequeño nieto mientras merienda a su lado, nadie podrá tumbarse al sol de junio...
Mientras en mi ciudad siempre harán falta arquitectos -y constructores- en días de examenes me viene a la mente con aún más desazón el hecho de que pronto mi Barcelona no necesitará de otros arquitectos que generan bancos mucho más espaciosos. Que una disciplina como Teoría de la literatura y Literatura comparada muera antes de que la sociedad civil sepa ni tan siquiera lo que es, y lo que nos aporta a todos.
Cuando digo que estudio literatura, suelen preguntarme "¿Cuál?". Entonces, intento explicar con torpeza -mis profesores lo harían mucho más claramente que yo- que la disciplina que estudio no se restringe a un ámbito filológico, no estudio la literatura vinculada a una sola lengua o nación, sino algo mucho más complejo. Estudio las relaciones entre literaturas, las literaturas como reflejo de otras sociedades, la literatura por sí misma y como producto de una época, y cómo la literatura, y las humanidades en sí, son mecanismos de conocimiento complejos que nos acercan a una comprensión más madura y tolerante del fenómeno del otro.
No sé si aprovaré mi próximo examen para el que he aprendido que un tal Goethe inventó el término Weltliteratur como literatura universal, como la diversidad necesaria de fenómenos literarios que permitía una complementariedad entre todas las culturas, un enriquecimiento entre ellas, y una profundización en el fenómeno de la ficción y la comunicación entre humanos.
El caso es que sé que todo ello me servirá de algo. En pocos años nadie podrá estudiar la Literatura Comparada en una universidad pública (podrá hacerse en máster, una modalidad restringida y pobre). Y me entristece mucho más sabiendo que en Estados Unidos se conoce esta disciplina, y que goza de un florecimiento importante en Rusia y las ex repúblicas soviéticas.
Mientras tanto, me lamento como Edward Said que un ejército tenga aún la legimitidad de quemar bibliotecas como la de Bagdad y la opresión que eso significa (años atrás, en el 2004, año de las culturas en mi ciudad). Precisamente un país que construyó su cátedra de Literaturas Comparada de la mano de exiliados.
Mientras tanto sube el coste de la vida, se acercan unas elecciones y se generan expectativas y conflictos en todas las calles del mundo, en todos los edificios, en mi querida ciudad.
Mientras paseo en bici repasando a Goethe y a su no tan utópica idea de que la cultura genera tolerancia, me lamento, no me siento tan joven y me pregunto muchas cosas, con una cierta nostalgia de luz, como la que deben esperar las bibliotecas olvidadas.
Madrid, cursos de pan casero en mayo de 2026
Fa 3 mesos


1 comentari:
Siempre que digo que soy productor, alguien me pide que me acuerde de él en mi próximo estreno, y que algun día seré como Almodóvar.
¿Almodóvar? Director. Yo, productor.
No importa, la gente sólo oye lo que quiere oir, los bancos ya no se comparten. ¿Para qué? Nadie habla con nadie, ya no se comparten las vivencias cotidianas, ya no interesa nada.
Por un parque con bancos grandes.
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