La bondad no tiene futuro, y los finales felices sólo venden para Disney. La tragedia integrada es requisito sine qua non para una obra genial literaria. Esta norma implícita ha traumatizado la mayoría de mis relatos más o menos largos, puesto que si una poesía sí permito que refleje un momento crítico, me desazona que las historias de esperanza se vean a menudo como cuentos o relatos new age.
Yukio Mishima me ha dado una lección. El gran maestro de la sensibilidad y los instantes, aquel que no fue capaz de soportar el progreso que consideraba frívolo e insípido de su Japón natal, me ha hecho sonreír y pararme a reflexionar tras la lectura de su breve "El rumor del oleaje". Cuando leí que se consideraba una de las más hermosas historias de amor, todo me hacía predecir que se asomaría una tragedia más compleja y cruda que en su "Nieve de primavera".
Pero no. Mishima muestra los valores limpios de la sencillez, el honor, la autenticidad y la belleza de una pequeña isla donde el trabajo duro no obstaculiza el contemplar del sentido de la vida.
Y a mí me da coraje. Cuando el oleaje bate en contra, sólo un asidero de esperanza permite que sobrevivamos a la tormenta. Y me da la razón. De vez en cuando, no está mal que el arte refleje lo único que nos hace felices.
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Fa 3 mesos


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