Esta plaza me ha visto crecer. Ha chequeado cada uno de mis veranos. Los tejados tostados, las golodrinas en la hiedra son un tribunal desde mis ojos de forastera. Ellas son ajenas a lo que veo en mis propios ojos imaginando su memoria. Para hacer balance de la mía, me leo en antiguos escritos. Supongo que encontrarme es el premio de la inmortalidad de escribirse, si resistes al reproche, a la nostalgia y a la tentación de encaramelarte con un pasado que no fue tan lírico como lo contaste.
Me descubro más dura, mucho menos dulce e inocente que antaño. Será la edad. Disimulamos el extrañar a alguien, el escalofrío del tiempo no compartido. Oculto la compasión, las ganas de emerger de las cenizas de viejos fantasmas. Mis personajes tienen más historias que sueños. ¿Y yo? He empezado a temer al silencio. Pero mis momentos se sinceridad se cuentan más dificilmente que las estrellas sobre este pueblo. Y la pasión de ellos me hace estremecer, más que cuando eran otros, cansados, quienes se sinceraban. Todos envejecemos. Hay días que el desenfreno de los veinte me parece una danza de la muerte medieval, sólo que desteñida de igualdad. Pero queda algún verso inolvidable, alguna historia que aún me constituye. Será que de algo sirve escribir, ya que quizá en realidad no soy (como he creído ser alguna vez) una piedra esculpida por el tiempo. Dicen mis abuelos que sonrío igual que de niña. Cada día sé menos cosas; no sé si es eso lo que se lleva el miedo. O será el rock'n'roll.
Madrid, cursos de pan casero en mayo de 2026
Fa 3 mesos


1 comentari:
Ara marxo, surto lluny, però el millor de mi resta a casa...
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